jueves, 30 de abril de 2015

LA LEYENDA DEL HOMBRE BUDA
Por Juliana (Colibrí de Oro) 


Cuando David leyó la novela Siddhartha, de Hermann Hesse, sintió que por fin alguien lo comprendía en este mundo. Había allí, en aquel libro, una búsqueda muy similar a la suya; una búsqueda que al parecer no podía o no quería ser entendida ni por sus padres, ni por sus profesores, ni mucho menos por sus amigos. A David le resultó mágico, y a la vez un poco doloroso, darse cuenta que la persona con quien más se identificaba en ese momento era un hombre cuya última encarnación en la tierra había ocurrido dos mil quinientos años atrás. Y todo gracias a la pluma magistral de Hermann Hesse, todo gracias a ese pequeño libro que había llegado a sus manos para abrirle la puerta de su corazón al Príncipe Siddhartha, más conocido como Gautama Buda.

Muy pronto, motivado por experimentar a un nivel más práctico las enseñanzas de aquel príncipe sabio, David entró al Dojo de su ciudad, con el propósito de aprender allí la Vía de meditación Za zen. Por su parte, el Maestro Ascendido Gautama Buda, percibió en el silencio floreciente de la octava dimensión, las flores de un jardín muy similar al suyo. Eran unas flores brillantes y altivas que poco a poco fueron abriendo sus pétalos, elevando sus cánticos y exhibiendo con orgullo su belleza, para luego deshojarse, hasta ser flores marchitas, flores secas y finalmente flores muertas. Buda sonrío. No sabía de dónde provenían estas flores y tampoco le interesaba averiguarlo. Sólo sabía que su labor era conducirlas hacia el Gran Vacío, donde podrían descansar en paz y ser lo que en esencia eran: perfume eterno e infinito.

En nuestra dimensión humana estas flores eran los sentimientos, pensamientos y recuerdos que de forma reiterativa llegaban a David cada vez que él se sentaba a meditar en la postura de meditación Za zen. Había dos recuerdos, en particular, que siempre iban y venían. El primero de ellos hacía referencia a una exposición realizada como ejercicio final del curso de Pintura de la Facultad de Artes Plásticas donde estudiaba el joven meditador. Se podían ver allí más de treinta cuadros con temáticas muy similares relacionadas con la violencia humana. La excepción era el cuadro de David: un autorretrato donde se apreciaba su cuerpo desnudo danzando entre plumas de ángel, coros de hadas y destellos de árboles en plena primavera. La voz del profesor de Pintura repetía en el recuerdo, una y otra vez: “David, tienes muy buena técnica, se nota tu estudio y tu dedicación, pero es difícil que tus cuadros lleguen a la gente, porque los seres humanos sentimos hambre, sentimos miedo, sentimos dolor, sentimos oscuridad, y nada de eso se plasma en tus pinturas. Tú sólo pintas la luz espiritual. Mira en cambio los trabajos de tus compañeros”. “Sí”, contestaba David cada vez más furioso, “yo veo en los cuadros de mis compañeros guerras, veo degradación, veo miserias, veo dolor, pero yo no quiero plasmar nada de eso, porque siento que si lo hago estaría dándole de comer a la energía negativa, estaría alimentándola, haciendo que se reproduzca, que sea cada vez más grande”.

En el segundo recuerdo se veía a David durante una sesión grupal de terapia a través de las artes expresivas —esta sesión no tenía nada que ver con su formación universitaria, sino que hacía parte de otros talleres y entrenamientos que el joven artista solía tomar de vez en cuando en diferentes centros de medicina alternativa—. Se veían cartulinas y acuarelas en el suelo. Todos estaban sentados en círculo, alrededor de un fuego sagrado. Cada participante había pintado una experiencia negativa de su pasado, y luego habían intercambiado entre todos las cartulinas para pintar la fuerza positiva en la que se podía transformar la experiencia dolorosa de alguno de sus compañeros. Al final la terapeuta recogía las cartulinas y decía: “es el momento de entregarlas al fuego”. En ese instante David gritaba en el recuerdo: “¡no!” y en tono de niño consentido le pedía a su profesora las dos cartulinas en las que había trabajado, argumentando que necesitaba llevárselas a su casa porque había descubierto allí una técnica nueva en la que debía profundizar. “Eso no es posible”, respondía la mujer, “éste es un ejercicio que tiene como objetivo sanarnos a nosotros mismos, el resultado y la técnica de las pinturas es lo que menos importa. Además, las dos cartulinas que me pides no son tuyas, empezando porque en ambas está la expresión de otras dos personas. Somos un círculo, no lo olvides”.

Apenas aquellos recuerdos se marchitaron y regresaron al Gran Vacío, el amado Gautama respiró sonriente, mientras David no entendía por qué entre más meditaba, más guerra, confusión y zozobra hallaba en su interior. Eso le daba mucha rabia y lo hacía sentirse como un náufrago en medio del océano más inclemente. Sin embargo, a pesar de ello, seguía yendo al Dojo cada mañana, e incluso, cuando llegó la temporada de vacaciones en su Universidad, participó de un retiro de meditación que se llevó a cabo al abrigo de una silenciosa montaña, donde estaba ubicado el Templo Zen de la Sangha. En aquel retiro el Maestro que guiaba la práctica hizo énfasis en las enseñanzas de Buda con respecto a la aceptación, y en ese sentido recalcó que la paz no significa negar la guerra, sino que por el contrario implica entrar en el corazón de la guerra hasta descubrir la raíz del mal que la originó. Justo eso era lo que buscaba David, de modo que siguió el consejo, y se dedicó en su meditación a mirar de frente la raíz de sus males, esforzándose por ser un observador compasivo, libre de juicios, apegos y remordimientos, tal como lo enseña el Za zen.

Cuando el joven meditador regresó a su casa lo primero que hizo fue pedir el apoyo de sus padres para poder dedicarse unos meses a meditar pintando o a pintar meditando, encerrado en su propia habitación. Sería sólo durante un semestre, después retomaría sus estudios y todo volvería a la normalidad. Al principio, sus padres pusieron el grito en el cielo, pero luego, poco a poco, fueron dejando atrás sus resistencias, y al final, milagrosamente, decidieron apoyarlo. David compró óleos, lienzos, carboncillos y otros materiales de pintura, y se encerró en su habitación con una tarea inicial: pintar el odio que había visto en su interior. Sí, le costaba reconocerlo, pero la verdad es que sentía odio. Odio hacia el mundo, odio hacia sus padres, odio hacia sus profesores, odio hacia Dios, y finalmente odio hacia sí mismo. Tal vez si no hubiese ido al retiro no se habría dado cuenta nunca de ello; pero ahora lo sabía y había tenido el coraje de aceptarlo. No había marcha atrás. Debía dar un paso más adelante, debía pintar el odio hacia sí mismo, pues ya era claro que ahí estaba el origen del odio hacia los demás. Lo que no sabía aún es por qué se odiaba.

Al pintar meditando vio a un niño huérfano, a un niño sin casa, y al pintar a ese niño vio a la humanidad entera desconectada de su origen divino. Pasó días y noches expresando el sentimiento de abandono que se generó a raíz de aquella desconexión, y así fue reconociendo cómo ese sentimiento se transformó en rebeldía, luego en culpa, luego en miedo y finalmente en odio hacia nosotros mismos. Todo aquello se plasmó en decenas de bocetos y pinturas, a partir de los cuales surgió un cuadro donde David vislumbró la antorcha que lo guiaría en el camino. Contemplar este cuadro trajo para él el entendimiento de que su odio en realidad no era suyo, era nuestro, pues pertenecía a toda la humanidad. No estaban tan equivocados entonces ni sus compañeros ni sus profesores de Artes Plásticas, como lo había pensado hasta el momento. Pintar el mal no era tan sólo un desahogo; era también una búsqueda por salir del autoengaño y las mentiras en las que aprendimos a vivir por miedo a enfrentar nuestras más profundas heridas. De igual manera, pintar sólo la luz podía convertirse con el tiempo en un escape, en un escondite, o en un falso trono desde el cual sentirse superior a los demás. Por primera vez el joven pintor tomaba real conciencia de ello. Por primera vez se sentía parte de sus compañeros de la Universidad; lo cual significaba para él una gran bendición. Sin embargo, unas semanas después, tuvo que reconocer que el fuego de su antorcha se estaba apagando. Algo le faltaba a su cuadro. Le pareció de pronto excesivamente denso, y no encontraba cómo llevarlo a la luz sin dañar su fuerza expresiva y su íntima confesión.

Desesperado pidió la ayuda del Gran Misterio, y convocó la presencia de su ángel guardián y de sus guía espirituales, tal como lo había aprendido en su entrenamiento de canalización angélica. Luego tomó en sus manos su tambor ceremonial y siguiendo el ejemplo de las abuelas y los abuelos indígenas llamó a través de su canto a los cinco elementos, a las siete direcciones y a los espíritus de la naturaleza. De pronto estaba pintando de nuevo sobre su antorcha, pero esta vez no era él quien movía el brazo al pintar. Era una fuerza mucho más grande que él. Sin queja alguna, se quitó de en medio y permitió que las fuerzas de lo desconocido lo atravesaran. Así pudo llegar la visión. Así aterrizaron las plumas de águila y de cóndor en la profundidad del vacío mientras el enigma de las raíces pintaba un manto alrededor del niño abandonado. Así juntos, corazón de la tierra y corazón del cielo, plasmaron una colorida huella de su beso en el centro del cuadro, al mismo tiempo que por ese cuadro pasaban arcángeles, maestros ascendidos, ondinas, hadas y duendes. Todos ellos pinceladas de la casa que olvidamos, todos ellos puerta al camino de regreso.

Cuando el cuadro se terminó, porque no podemos decir que David lo terminó, sino que el cuadro se terminó a sí mismo con la ayuda de las manos de David, cuando esto se llevó a cabo el joven pintor contempló aquella obra tal como se asiste a un milagro del Gran Uno Primordial, con suma reverencia y gratitud infinita, sabiéndose bendecido por la gracia de la divinidad, pero a la vez sabiendo que esa bendición implicaba el compromiso inquebrantable de unir su voluntad a la voluntad de un Plan superior.

David entendió por primera vez a la terapeuta del taller de las cartulinas. Se dio cuenta que cuando pintaba no era sólo él quien pintaba, también pintaban a través de él otras fuerzas de luz, y en ese momento sintió que esas fuerzas le pedían que no le mostrara a nadie aquel cuadro. Así lo haré, dijo David ante el Gran Misterio, por más hermoso que sea este cuadro y por mucho esfuerzo que me haya costado parirlo, lo voy a guardar porque él es una semilla y tiene que permanecer un buen tiempo debajo de la tierra, hasta que tenga la fuerza para surgir ante el sol. Este cuadro es la semilla de mi árbol Bo, el árbol ante el cual me voy a sentar cada día con la firme determinación de no levantarme de allí hasta encontrar mi camino. Si Buda fue un hombre y fue capaz eso, si Buda alcanzó la iluminación junto a su árbol Bo, yo también podré hacerlo, a mi manera. Voy a encontrar un camino donde el arte de pintar y el arte de meditar se fusionen en una nueva maestría al servicio de la luz. Voy a contribuir con mi obra a la sanación, a la magia y a la evolución espiritual sin tener que negar para ello el goce estético, el virtuosismo técnico y la expresión individual. Voy a exponer mis cuadros y a compartir mi conocimiento desde un lugar nuevo donde se haya trascendido la competencia con los pares y la idolatría a los maestros. Voy a encontrar un camino donde mis cuadros sean míos y a la vez sean nuestros. Ésa es la única verdad que acepto en este momento, y sólo ante esta verdad me inclino y ofrezco mi obediencia.

Mientras David se decía esto a sí mismo, el amado Gautama Buda volvió a percibir, en medio de su meditación iluminada, ya no sólo dos o tres flores provenientes de aquel jardín tan familiar al suyo. Ahora eran cientos, miles, millones de estas flores. Todas ellas parecían hablarle de un cuadro misterioso que a la vez era un portal dimensional. Buda abrió los ojos y de pronto vio a esos ojos dentro del cuadro en mención. Desde ese cuadro miró a David y vio en él a un hombre despierto. Lo vio exponiendo su obras de arte en galerías, lo vio impartiendo talleres y conferencias sobre la pintura como vía de meditación trascendental, lo vio curando a personas a través de sus retratos del alma, lo vio canalizando a seres de luz por medio de su pintura. Al ver en David un porvenir tan prometedor, Buda sonrío y le susurró desde la octava dimensión: “bendeciré y protegeré tu sendero, pues has comprendido muy bien lo que es el camino del medio. Seré el aliento de vida que te resguarde en tus ahogos, la respiración silenciosa que te de calma cuando el ruido te absorba, la luz compasiva cada vez que te pierdas en los caminos de los extremos, y la voluntad inquebrantable para que dejes de una vez por todas de buscar tu camino afuera y te conviertas tú mismo en un nuevo camino”.

David continuaba mirando su cuadro. Sonreía plácidamente. De repente un suspiro sembró en él las ganas de abrir la puerta de su habitación y de salir corriendo a abrazar a su madre y a su padre para decirles gracias, gracias por todo. Se sentía tan tranquilo, tan en paz consigo mismo, que lo único que deseaba en ese momento era compartir esa paz con las personas más cercanas. Quería llamar a sus amigos e irse a tomar una cerveza con ellos, quería volver a la universidad y aprender de sus maestros sin querer cambiarlos,
quería llamar a su novia para pedirle perdón por haber estado tan lejos de ella en el último tiempo. “Los comprendo a todos”, pensó para sus adentros, “¡cómo puede ser posible!, no lo sé, pero así es, ya no me importa que los demás no me comprendan a mí, porque ahora yo me comprendo a mí mismo y comprendo a los demás. Ésa es mi paz, mi verdadera paz”.

*Por Juliana (Colibrí de Oro)